La pelota ya estaba ahí
Nadie recuerda con precisión cuándo empezó a querer el fútbol.
Quizá fue una camiseta demasiado grande. Un partido escuchado por radio. La mano de alguien que nos llevaba a la cancha. Una tarde frente al televisor, mientras los adultos se comportaban de una manera que, en cualquier otra circunstancia, habría resultado preocupante.
Primero aprendimos quiénes eran los nuestros. Después entendimos las reglas.
El fútbol entró en nuestras vidas mezclado con las personas que estaban alrededor. Por eso podemos olvidar un resultado y recordar perfectamente quién estaba sentado al lado. Podemos no saber la formación de aquel equipo, pero todavía escuchar la voz de quien nos enseñó a quererlo.
Antes de los grandes héroes hubo algo más sencillo: alguien nos invitó a pertenecer a una historia que había empezado antes de nosotros.
La pelota ya estaba ahí.
Esperando que alguien nos la acercara.